La niña Simona volvía a jugar con los lazos que colgaban de los bucles de las muñecas, ajena al ruido de las calles hasta que caía rendida sobre alguna manta olvidada o sobre el regazo de alguno de los que allí vivíamos. La niña Simona era simple y rebuscada como ella sola podía ser.

Adoraba los garbanzos tostados a media noche y el pescado blanco con leche por las mañanas. Fue silenciosa y coqueta en andares hasta el día que aconteció a su muerte, tan ajena al miedo del poco tiempo que le quedaba.

Dormía sin saber si era martes o domingo.

Comía sin importarle como llenar su plato mañana.

Mi gata siempre fue alegre hasta su muerte, pues reía aunque yo llorara.

¡Que feliz era la condenada!